• Elias Stuardo

Reflexión Pastoral

Jesús mira a la multitud que se había reunido para contemplar su muerte, y vio a poca distancia de la cruz a Juan que acompañaba a María, su madre.


¿Era necesario que María estuviera ahí? ¿Nadie estuvo allí para evitar eso? Pero qué se le puede decir a una madre. Ellas quieren estar siempre al lado de sus hijos. En las buenas y en las malas. He visto madres yendo a las cárceles, a los hospitales para ver a sus hijos, queriendo estar presentes, aún en los momentos más terribles, al lado de sus hijos.



La profecía del anciano Simeón se estaba cumpliendo, cuando éste le dijo en el templo de Jerusalén, cuando María y José fueron a dedicar a Jesús: "Una espada traspasará tu misma alma". Lucas 2:35.


¿Y qué del dolor de Jesús? Que su madre estuviera presente contemplando su agonía. ¿Por qué no bajó de la cruz para socorrerla? ¿Lo podía hacer? Por supuesto que sí, pero por amor a todos nosotros no lo hizo. Con su muerte en la cruz nos redimió del pecado.


Pero estando en agonía, Cristo piensa en su madre. La encomienda al cuidado del discípulo amado, Juan. La Biblia dice que "Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella, al discípulo que él amaba, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Después dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa" Juan 19: 26-27


Jesús a punto de morir, no se olvidó de su madre. El discípulo Juan comprendió perfectamente las palabras de Jesús. Inmediatamente alejó a la madre de Cristo de la terrible escena del Calvario. Desde ese momento la cuidó como si fuera un hijo, y la llevó a su propia casa.


De María aprendemos de un amor a toda prueba, de un amor profundo de una madre por su hijo. Del Hijo de Dios aprendemos a respetar el quinto mandamiento: Honra a tu padre y a tu madre. Que Dios bendiga a todas las madres del mundo. Un abrazo.